África no enfrenta
una contienda para desarrollarse, más bien se le ha impedido que haga tal cosa
y ha sido así desde antes de que comenzó a usarse la palabra desarrollo.
Iniciemos
con la razón más antigua: África es la cuna de la humanidad. El registro fósil
apoya esto contundentemente, los restos de los homínidos se remontan unos 3.5
millones de años, concentrados en lugares como Sudáfrica, Tanzania y Etiopía.
Escritores de la antigua Grecia —Heródoto entre ellos— escribieron sobre África
con una reverencia que fue borrada más tarde del registro en su totalidad. Un
continente entendido como el punto de origen de la civilización misma jamás
permanecería “subdesarrollado” en la narrativa honesta de nadie; por ello se
optó por alterar la narrativa.
Lo
que sigue es el tema de la riqueza, algo que nunca fue un secreto, simplemente
se sepultó. El peregrinaje de Meca Mansa a la Meca en 1324 es el ejemplo más
citado por una razón: cronistas contemporáneos describieron una caravana con un
cargamento de oro de tal tamaño que su breve pausa en el Cairo hizo que
descendieran los precios del metal precioso durante años después de eso.
Historiadores modernos no pueden determinar un precio equivalente en dólares de
esta fortuna; algunas estimaciones se calculan cientos de miles de millones de
dólares, pero la escala de alteración que Musa provocó al detenerse en ese
lugar dice suficiente. No era un continente pobre, era un continente que se
empobreció según lo programado, acorde con la necesidad de materias primas y
trabajo para la industrialización de potencias europeas.
La supresión no se limitó a lo económico, fue también
cartográfica. La proyección de Mercator —todavía el mapa del mundo por default
en la mayoría de los salones de clases en la actualidad—, amplifica
matemáticamente las dimensiones de las áreas geográficas cercanas a los polos y
encoge todo lo que se encuentra en las inmediaciones a la línea del ecuador, lo
cual implica que África, pese a ser lo bastante grande como para albergar
dentro de sus fronteras a Estados Unidos, China, la India y la mayor parte de
Europa, se ve de un tamaño muy parecido al de Groenlandia en el mapa que cuelga
en el salón de clases de Geografía. Los historiadores todavía debaten qué tan
deliberada fue la distorsión realizada por Gerardus Mercator en el siglo XVI,
versus el efecto colateral cuya intención era resolver un problema de
navegación. Lo que no está a debate es su efecto: generaciones crecieron con un
mapa mental que minimiza la importancia de África antes de que si quiera inicie
una lección de historia.
Nada
de esto requirió una reunión conspiratoria formal para
que funcionara, requirió simplemente un continente despojado de su propia
historia, narrada en alta escala, durante un tiempo suficiente para que el
hurto adquiriera la apariencia de un hecho.
El asunto real no fue jamás si África era una amenaza
para nadie, sino por qué se realizó tal esfuerzo para asegurarse de que jamás
se pueda demostrar que no es tal cosa.




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