Ayer sábado dormí muchas horas durante el día, también
comí una barbaridad. Ha sido así durante mucho tiempo, supongo que la razón de
eso es que me estoy recuperando de un agotamiento físico, mi metabolismo se
aceleró en gran medida y perdí mucho peso.
Mañana 17 de agosto se cumplirán cinco años de que se
consumó una enorme injusticia, fui despedido en esa empresa farmacéutica, Maver
(segunda ave, después de AVEX, muchos años antes). Desde entonces he vivido un
trastorno por estrés postraumático muy severo porque lo que sucedió —haber sido
agredido sistemáticamente durante mucho tiempo, ser violentado por negarme a
aceptar que mi agresor permaneciera impune— es muy representativo de lo que ha
sido mi historia de vida. Mi padre, un narcisista maligno, me torturó
psicológicamente desde mi más temprana infancia, etc.
Abandoné la atención psiquiátrica hace años, antes de
ser despedido. Ese es otro asunto importante, médicos psiquiatras me hicieron
mucho daño, intentaron arruinarme o incluso provocar que por desesperación
atentara contra mi vida; los fármacos no me ayudaron y en cambio provocaron que
subiera mucho de peso, que no sintiera nada (como un autómata) y también que
careciera de la voluntad para hacer nada.
Para acabarla de completar, en una institución pública
de salud mental se me violentó de una manera terrible, una psicóloga cometió
faltas gravísimas e incluso incurrió en conductas delictivas y las autoridades
de esa institución le obsequiaron toda la impunidad del mundo.
Durante los últimos años me he percatado de que he
vivido despertando envidia en muchas personas (la mayoría del género masculino,
varones), pese a nunca haber sido un buen estudiante y por haber sido un
deportista, aunque en realidad jamás destaqué. Muy recientemente he pensado en
la posibilidad de que muchos de esos antagonistas (a los que yo llamo “ratones
emasculados”), como muchísimos “hombres”, llevan consigo (como mínimo) una
homosexualidad latente y en parte, esa furia que manifestaban contra mí tenía
su origen en esas tendencias no naturales; una atracción erótica por ese
compañero, “amigo” o conocido al que detestaban u odiaban; esto es, hacia mi
persona.
Uno de los individuos que más daño me hicieron (ese
antagonista de nombre David) me odió y manifestó eso en muchas ocasiones una
furia contra mí de intensidad homicida (siempre de una manera muy cobarde e
histérico), porque me identificó como alguien que sí hizo lo que él pudo haber
hecho y decidió no hacer: esforzarse para superar sus deficiencias, convertir
sus debilidades en fortalezas. Esto lo aprendí mirando videos en YouTube sobre
la obra y el legado de Carl Gustav Jung, uno de los padres del psicoanálisis;
un genio, por supuesto.
No he sido rechazado, detestado u odiado por mis
defectos —que, por supuesto sí tengo, soy un ser humano—, sino por mis
características positivas, cualidades.
Hace muchos años me atendió una psicóloga de nombre
Leticia, de forma presencial, durante un poco más de dos años en una
institución pública donde incluso no se me cobraba por el servicio. Ella fue
muy competente y me ayudó mucho. Algo que me dijo quedó en mi mente: “tu
pensamiento te controla”. Leticia identificó mi grave patología (neurosis, un
trastorno límite de la personalidad), pero desafortunadamente para mí, no me
dijo cuál era el origen de eso, tortura psicológica.
El más problemático de los síntomas es la obsesión,
brotan en mi mente miles de recuerdos de violencia perpetrada por muchas
personas, no porque yo quiera que suceda eso, sino porque no lo puedo evitar.
Como dije antes, no pienso volver a tomar jamás ningún tipo de fármaco
psiquiátrico, trátese de antidepresivos, ansiolíticos, estabilizadores del
estado de ánimo, antipsicóticos, etc. Me propuse investigar y determinar cuál
es el origen de esa violencia que ha dominado mi vida. He leído a Erich Fromm,
podría decir que incluso he estudiado su obra (si bien, no tengo todos sus
libros). Además, lo admiro porque fue un gran humanista, hijo único de judíos
ortodoxos, se convirtió en lo que él llamó un
ateo místico”.
Mi padre murió hace 18 años y ocho meses. Los
acontecimientos durante mis años 30s, (la puñalada por la espalda que me pegó
David, con lo que siguió, mi familia la completó) dieron lugar a que mi vida
cayera a un precipicio, viví muchos años en la desesperación y no me quité la
vida nada más porque no me atreví; usando palabras más claras, no me quité la
vida por cobarde. La cobardía no es algo que predomina en mí, pero finalmente
soy un ser humano.
Volviendo al asunto de mi padre, he vivido odiándolo y
especialmente durante estos últimos cinco años, he vivido como si lo tuviera
junto a mí. Después de buscar información sobre la parte destructiva del ser
humano, empecé a asimilar ese conocimiento y así ha disminuido ese síntoma tan
problemático, recordar muchísimas vivencias de agresión, violencia, perpetrada
por mi padre y por muchas otras personas, cuyo origen es la debilidad mental, la
impotencia vital, la cobardía manifestada como incapacidad para aceptar la
verdad. Creo que el objetivo del psicoanálisis es que el terapeuta y el
paciente busquen juntos la verdad y cuando lo logran, cuando encuentran la
verdad, se llega a la sanación.
Por ello afirmo que la incapacidad para aceptar la
verdad es el origen de la enfermedad mental, el individuo empieza a llevar una
activa vida de fantasía y eso le sucede a la mayoría de las personas. Vivimos
en un mundo que en el que no se tolera la verdad y algún personaje célebre dijo
una vez: “¿eres dado a hablar con la verdad?, prepárate para quedarte solo”.
Mi padre y esos antagonistas que me hicieron mucho
daño (David y el psiquiatra de nombre Flavio), con otras decenas de alfeñiques
(tanto en lo físico como en lo mental/cognitivo), optaron por vivir como
cobardes y así se permitieron desarrollar patologías (principalmente
narcisistas) y manifestar conductas vergonzosas, negándose a percibir que la
persona a la que agredieron no los despojó de nada; fueron ellos quienes se
convirtieron en sus mayores enemigos.
Autosuficientes, gente que no necesita que nadie le
haga daño. Hace tiempo me topé con una idea genial (tal vez en la red social X,
antes Twitter), que decía algo así como: Yo
no voy a permitir a nadie que arruine mi vida, si yo me la puedo arruinar; si
no puedo, le pediré a alguien que me eche la mano.
Yo viví señalado, estigmatizado y en el oprobio
durante muchísimos años, sin merecer eso, sino lo contrario. Me esforcé en lo
difícil y en lo muy difícil, desde mi infancia, durante mi adolescencia y
durante mi juventud. No merecería el desprecio de nadie, sino lo contrario; merecería
respeto y reconocimiento.
Continuaré en la siguiente entrada
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