Este es Frank
Embree.
Tenía tan solo 19
años cuando el 17 de junio de 1899 fue acusado de haber atacado a una niña de
raza blanca de 12 años de edad, Willie Dougherty, cerca de Burton, Missouri.
Fue arrestado,
pero escapó a Kansas.
Las autoridades de
Missouri le siguieron la pista hacia Kansas, lo capturaron y lo llevaron de
regreso a Missouri, donde fue encarcelado.
Se suponía que
sería sometido a juicio. El 22 de julio de 1899, fue llevado por los oficiales
a Fayette, donde se había programado el juicio; que jamás se llevó a cabo.
Una enorme turba
compuesta por personas de raza blanca interceptó y venció a los oficiales, y
secuestró a Embree.
La turba era
liderada por el padre de la niña, que llevó al detenido hacia un área donde la
supuesta agresión había ocurrido y le exigieron una confesión, que él rehusó
hacer.
Entonces
arrancaron la ropa al hombre de 19 años de edad, dejándolo desnudo, lo ataron y
comenzaron a azotarlo con látigos para caballo y de cuero no curtido. Embree
toleró 103 azotes mientras la multitud contemplaba, aclamaba y tomaba
fotografías.
Su cuerpo presentaba
lesiones y sangraba, pero Embree seguía negándose a confesar. La tortura
continuó hasta que él finalmente se rindió y dijo lo que la turba deseaba
escuchar.
Satisfechos con la
atrocidad cometida, colocaron una cuerda alrededor de su cuello y lo colgaron
de un árbol, pero no sin antes castrarlo públicamente.
Más de tres mil
personas se reunieron para presenciar el evento; se tomaron fotografías del cuerpo
mutilado y de sus asesinos, pero pese a que los rostros podían ser
identificados, nadie fue arrestado ni procesado por este homicidio.
Pensemos en eso.


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