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Después de un presunto intento de golpe de estado el
30 de septiembre de 1965, y la ejecución de seis generales indonesios, Suharto —un
general pro-estadounidense— asumió el poder y provocó un baño de sangre en el
que cientos de miles de personas, en su mayoría campesinos sin tierra, fueron
masacrados. Al reflexionar sobre el asunto en 1969, Pauker hizo la observación
de que la ejecución de los generales “dio lugar a una crueldad que no yo no
había anticipado un año antes y dio como resultado la muerte de un gran número
de grupos comunistas”.
La magnitud de la masacre es desconocida. La CIA
estima que 250 mil personas fueron asesinadas. El director del sistema de
seguridad de estado de Indonesia estimó más tarde que el número de víctimas
superaría el medio millón; Amnistía Internacional dio la cifra de “mucho más de
un millón”. Independientemente de las cifras, nadie duda de que se trató de una
carnicería increíble. Setecientas cincuenta mil personas más fueron arrestadas,
de acuerdo con cifras oficiales, muchas de ellas fueron mantenidas durante años
en condiciones miserables, sin juicio. El presidente Sukarno fue derrocado y
los militares gobernaron sin ningún desafío, mientras el país abrió sus puertas
a la explotación occidental, que fue obstruida solamente por la rapacidad de
sus gobernantes.
El papel que jugó EEEUU en estos eventos es poco
conocido, siendo una razón los huecos en el registro de documentos. Gabriel
Kolko hace la observación de que “documentos estadounidenses durante tres meses
precedentes al 30 de septiembre de 1965, que tratan con el trasfondo
convulsionado e intrigas, menos aún con los papeles jugados por la embajada y
por la CIA, han sido mantenidos fuera del alcance de escrutinio público. Debido
a la especificidad de los materiales disponibles antes y después de julio –
septiembre de 1965, puede suponerse que la liberación de estos documentos
pondría en una situación de incomodidad al gobierno de los Estados Unidos”. El
ex oficial de la CIA Ralph McGehee informa que está familiarizado con el
informe mantenido como altamente confidencial sobre el papel de la agencia en
provocar la aniquilación del Primer Ministro, y atribuye la masacre a la
“operación (palabra borrada) C.I.A.” La supresión de esa palabra fue censura
impuesta por la CIA. Peter Dale Scott, que ha llevado a cabo el intento más
cuidadoso para reconstruir los eventos, sugiere que la palabra borrada es
“engaño” refiriéndose a la propaganda de la CIA que “crea las situaciones
apropiadas”, en palabras de McGehee no censuradas, para esta y otras
operaciones de asesinatos en masa (citando también a Chile). McGehee se refirió
específicamente a la invención de atrocidades realizada por la CIA para justificar
la violencia contra el Primer Ministro.
No hay duda de que Washington sabía de la masacre, y
de que la aprobó. El Secretario de Estado Dean Rusk envió un cable al Embajador
Marshall Green el 29 de octubre, comunicándole que “la campaña contra el Primer
Ministro” debe continuar, y que la milicia, que se hallaba orquestándola, “es
la única fuerza capaz de imponer un orden en Indonesia” y debe continuar
haciendo tal cosa con ayuda estadounidense para una “campaña militar de mayor
envergadura contra el Primer Ministro”. Estados Unidos se movilizó rápidamente
para proporcionar ayuda al ejército, pero los detalles no se han hecho
públicos. Cables de la Embajada en Yakarta del 30 de octubre y del 4 de
noviembre indican que las entregas de equipos de comunicaciones al ejército
indonesio fueron aceleradas y que la venta de aeronaves estadounidenses fue
aprobada, mientras que el Jefe Adjunto de la Misión hizo la observación de que “la
embajada y el Gobierno de los Estados Unidos mostraban empatía y admiración por
lo que el ejército realizaba”.









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