El 30 de junio de 1960, el Congo celebró su independencia
de Bélgica. La intención era que la ceremonia fuera una transferencia con
tintes de farsa. En lugar de ello, el evento se convirtió en un suceso de
importancia mayor en la historia del movimiento panafricano.
El rey belga Balduino inició con un discurso elogiando
a su antecesor, Leopoldo II, llamándole “genio” y definiendo al colonialismo
como una misión benévola.
En contraste, la colonización belga había sido
notoriamente brutal, con el país africano convertido en una colonia privada de
caucho donde millones habían muerto y niños habían sido mutilados por no
cumplir con las cuotas de cosecha asignadas.
Por esa razón, Patrice Lumumba —primer Primer Ministro
del Congo independiente— se negó a seguir el guion. En lugar de ello, denunció
la brutalidad belga, recordando al mundo la humillación infligida a sus
conciudadanos.
Así, al declarar “todo eso ha terminado”, dejó en claro
que los congoleños habían dejado de ser súbditos y servidumbre.
El desafío de Lumumba se convirtió en su sentencia de
muerte. Su negativa a convertirse en una marioneta de perfil “moderado” alarmó
a Occidente. Siete meses después de haber pronunciado su discurso, fue
secuestrado, torturado y asesinado por los belgas, con involucramiento directo
de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos.
Para asegurar que jamás fuera considerado un mártir,
se disolvió su cadáver en ácido. No obstante, el recuerdo de Lumumba vive,
especialmente en los corazones de los pueblos oprimidos en el mundo entero que
han pagado el precio por haber luchado contra el imperialismo.

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