Fromm cree que
existe un paralelismo entre el desarrollo del individuo en la infancia con el
desarrollo de la humanidad. En un sentido, la historia de las especies es
repetida en la infancia de cada individuo, en cuanto a que, conforme el niño
crece, va ganando una independencia y una libertad crecientes. Y entre menos
dependiente se vuelve el niño respecto a los vínculos primarios con la madre,
menos seguro se siente. El infante no conoce virtualmente ninguna libertad,
pero se siente seguro en su relación de dependencia.
Fromm siente que
cierto grado de aislamiento e indefensión acompaña siempre al proceso de
maduración y que el niño intentará recuperar sus lazos primarios anteriores con
la seguridad. En un sentido muy real, el niño intenta escapar a su creciente
libertad mediante varios mecanismos similares a los descritos en la sección
precedente. Cuál mecanismo usa el niño es determinado por la naturaleza de la
relación padre-hijo. Fromm propuso tres tipos de mecanismos de evasión: fusión
simbiótica, apartamiento-destructividad, y amor.
En la fusión simbiótica, la persona jamás
consigue un estado de independencia. Más bien, escapa a la soledad y la
inseguridad al convertirse en parte de alguien más, ya sea “deglutiendo” o
siendo deglutido por la otra persona. El comportamiento masoquista es resultado
de ser deglutido. El niño permanece completamente dependiente de sus padres y
renuncia a su yo. El sadismo surge de la situación opuesta (ser deglutido) en
la cual los padres dan toda la autoridad al niño sometiéndose a su voluntad en
todos aspectos. El niño recupera la seguridad mediante la manipulación y la
explotación de sus padres. Sea lo que sea que el niño esté haciendo al deglutir
o ser deglutido, la relación es caracterizada por cercanía e intimidad. El niño
necesita verdaderamente a sus padres por seguridad.
La interacción apartamiento-destructividad, en
contraste, es caracterizada por una distancia y separación de otros. Fromm
afirmó que el apartamiento y la destructividad son simplemente las formas
pasiva y activa del mismo tipo de relación con los padres. Qué forma asume el
comportamiento del niño depende del comportamiento de los padres. Por ejemplo,
padres que actúan de forma destructiva hacia su hijo, intentando subordinarlo o
subyugarlo, provocan que el niño se aleje de ellos.
Amor, la tercera forma de interacción, es la
forma más deseable de relación padre-hijo. En este caso, los padres
proporcionan al niño la mayor oportunidad al ofrecerle respeto y un equilibrio
adecuado entre seguridad y responsabilidad. Como resultado, el niño siente poca
necesidad de escapar a su creciente libertad y es capaz de amarse a sí mismo y
a otros.
Fromm coincide con
Freud en que los primeros años de vida son extremadamente importantes, pero no
cree que la personalidad se halla consolidado a los cinco años de edad. Eventos
posteriores, argumenta Fromm, pueden ser tan efectivos al ejercer influencia en
la personalidad como los eventos tempranos. También está de acuerdo con Freud
en considerar a la familia la “agencia psíquica” o representativa de la
sociedad para con el niño. Es mediante la interacción con la familia que el
niño adquiere su carácter y maneras de ajustarse a la sociedad. Mientras
existen diferencias en todas las familias, Fromm sentía que la mayoría de las
personas en una cultura en específico tienen un carácter social común—un
conjunto de costumbres y creencias que definen la manera correcta de
comportamiento para esa cultura. El niño desarrolla el carácter social, así
como su carácter individual, de estas interacciones únicas con los padres más
su herencia genética. Esto, cree Fromm, explica por qué diferentes personas
reaccionan al mismo ambiente de formas diferentes.
En lo general, es
la complejidad de las experiencias socio-ambientales—especialmente cómo es
tratado un hijo por sus padres—lo que determina la naturaleza de la
personalidad adulta, aunque no de manera irrevocable.

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