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Introducción al libro Profit Over People, Noam Chomsky, neoliberalismo. Tercera parte

 


En la década de los años 1990s, todas estas ramificaciones de la obra política de Chomsky —desde anti-imperialismo y análisis crítico de los medios hasta escritos sobre democracia y el movimiento laboral— se han conjuntado, culminando en obra como este libro sobre democracia y la amenaza neoliberal. Chomsky ha hecho mucho para reactivar la comprensión de los requerimientos sociales para la democracia, recurriendo a los antiguos griegos, así como a los pensadores más destacados de las revoluciones democráticas de los siglos diecisiete y dieciocho. Como él afirma claramente, es imposible proponer una democracia participativa y al mismo tiempo proclamar la supremacía del capitalismo, o cualquier otra sociedad dividida en clases. Al evaluar las verdaderas luchas históricas por la democracia, Chomsky revela también cómo el neoliberalismo es difícilmente algo nuevo, sino en realidad una versión actual de la batalla de la minoría acaudalada para delimitar los derechos políticos de las mayorías.

Chomsky podría ser también el crítico líder de la mitología del “libre” mercado natural, ese himno optimista que es introducido en nuestras mentes sobre lo competitiva, racional, eficiente y justa que es la economía. Como señala Chomsky, los mercados casi nunca son competitivos. La mayor parte de la economía es controlada por corporaciones gigantescas que ejercen un control tremendo sobre los mercados, y en consecuencia, enfrentan una competencia mínima del tipo descrito en libros de texto de economía y en los discursos de los políticos. Más aún, las corporaciones son organizaciones totalitarias, que operan en líneas no democráticas. Que nuestra economía esté centrada alrededor de tales instituciones compromete severamente nuestra capacidad para contar con una sociedad democrática.

La mitología del libre mercado también sugiere que los gobiernos son instituciones ineficientes cuyas capacidades deben limitarse para evitar que afecten el “laissez-faire” (dejar hacer, dejar pasar) del mercado. De hecho, como señala Chomsky con énfasis, los gobiernos son de importancia fundamental en el moderno sistema capitalista. Otorgan generosamente subsidios a las corporaciones y trabajan para difundir los intereses corporativos en numerosos frentes. Las mismas corporaciones que se regocijan de la ideología neoliberal, son de hecho, frecuentemente hipócritas: desean y esperan que los gobiernos les otorguen recursos monetarios provenientes del pago de impuestos de los contribuyentes, y protejan sus mercados de la competencia, pero desean asegurar que los gobiernos no les cobren impuestos ni trabajen para apoyar intereses no comerciales, especialmente benéficos para las clases desposeídas y trabajadoras. Los gobiernos son de mayor tamaño que nunca en la historia, pero bajo el neoliberalismo, el fingimiento de ocuparse de intereses no corporativos es mucho menor.



Y en ninguna parte es más evidente la importancia de los gobiernos y las políticas que producen que en la economía global de mercado. Lo que es presentado por ideólogos pro-negocios como la expansión natural de los mercados libres a través de las fronteras es, de hecho, exactamente lo opuesto. La globalización es el resultado de gobiernos poderosos, especialmente el de los Estados Unidos, para introducir por la fuerza pactos y otros acuerdos, en las gargantas de los pueblos del mundo para facilitar que las corporaciones y los grupos acaudalados dominen las economías de naciones alrededor del mundo sin obligaciones para las poblaciones de esas naciones. En ningún lugar es esto más evidente que en la creación de la Organización Mundial de Comercio en la temprana década de los años 1990s, y ahora, en las deliberaciones secretas a favor del Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI).

De hecho, es la falta de capacidad para entablar análisis y debates honestos sobre neoliberalismo lo que constituye uno de sus rasgos más representativos. La crítica de Chomsky del orden neoliberal se encuentra en efecto fuera del alcance para el análisis de tendencia mayoritaria, a pesar de su potencia empírica y debido a su compromiso con los valores democráticos. Aquí, el análisis de Chomsky del sistema doctrinal en las democracias capitalistas resulta útil. Los medios informativos corporativos, la industria de las relaciones públicas, los ideólogos académicos, y la cultura intelectual engrandecen el efecto de proporcionar “las ilusiones necesarias” para que esta situación desagradable parezca racional, benévola y necesaria, si no necesariamente deseable. Como Chomsky se apresura a señalar, no es esta una conspiración formal de intereses poderosos: no hace falta que lo sea. Mediante una variedad de mecanismos institucionales, se envían señales a intelectuales, expertos y periodistas, presionándolos para que consideren al status quo el mejor de los mundos posibles, y eviten desafiar las ideas de quienes se benefician de ese status quo. El trabajo de Chomsky es una petición directa a los activistas democráticos para rehacer nuestro sistema de medios de comunicación para que pueda abrirse a perspectivas anti-corporativas, anti-neoliberales, y a los cuestionamientos. Es también un desafío a todos los intelectuales, o al menos a aquellos que expresan el compromiso con la democracia, a mirarse detenidamente en un espejo y preguntarse a quiénes pertenecen los intereses y valores por los que ellos hacen su trabajo.

La descripción de Chomsky de la posesión neoliberal/corporativa de nuestra economía, política, ejercicio del periodismo, y la cultura es tan poderosa y abrumadora que en algunos lectores podría producir un sentimiento de resignación. En nuestros tiempos políticos de desmoralización, algunos podrían ir un paso más allá y llegar a la conclusión de que estamos atrapados en este sistema regresivo porque, muy a nuestro pesar, la humanidad simplemente no es capaz de crear un orden social más igualitario y democrático.

De hecho, la mayor contribución de Chomsky podría ser su insistencia en las inclinaciones fundamentales democráticas de los pueblos del mundo, y el potencial implícito revolucionario en esos impulsos. La mejor evidencia de esta posibilidad es la magnitud de los esfuerzos que realizan las fuerzas democráticas para impedir que exista una democracia política genuina. Los gobernantes del mundo entienden implícitamente que el suyo es un sistema establecido para satisfacer las necesidades de los pocos, no de los muchos, y que por lo tanto, no puede permitirse que las mayorías cuestionen y alteren el dominio corporativo.

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